Un bosque quemado revive con mariposas. Duelo, memoria y herencias; cenizas que son abono dibujan un nuevo devenir.
Aquello que guardan los objetos. Lo inmortalizado en las fotografías. Las décadas que pasan a través de las hojas hasta que el fuego las consume perdiendo todo. Una grabación de voz en cinta. Un dibujo infantil que es un tesoro preciado. Esta es la memoria del tacto que se aprecia en la película de Teresa Arredondo, la revisión de lo tangible que evoca, como un conjuro, lo intangible. Al reflexionar sobre el duelo de la muerte de su padre, los recuerdos hacen de esta película un agridulce viaje a través de aquellas pequeñas inmortalizaciones. Divaga, va y viene, cuenta anécdotas familiares, viajes imposibles y amores lejanos, pero, por sobre todo, habla sobre los ecos que dejamos en las personas; aquí la vinculación con su hijo Simón es una de las pistas más luminosas de la película y de cómo aquella relación permea esta exploración material y de memoria.
Javiera Leal, programadora de FIDOCS 29