Tras la muerte de Rolando (86), la realizadora experimenta una extraña indiferencia. En un viaje al campo de sus abuelos, recorre la casa desde el frontis hasta la habitación de él. La voz en off de ella y su abuela se entrelazan con las imágenes de archivo y fotogrametría para revelar memorias fragmentadas de Rolando, que persiste en el recuerdo de aquel lugar, y explorar el vacío que dejó su ausencia.